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CLAUSURA DE LA CLAUSURA | TIEMPO Y CIERRE |

Acceso al interior de un convento de clausura en sus últimos días. Una mirada desde dentro al final de una forma de vida en Villalobos (Zamora).

Texto y vídeo: Eduardo Vicente Movilla / Fotografías: Cristina Gómez Luengo

Clausura de la clausura | Los últimos días del convento de Villalobos

Nos invitan a comer en el convento. Mientras estamos en la mesa, sor Celeste empieza a contarnos su vida. Entró allí con 16 años. Venía de Sanabria. Lleva 70 años viviendo en el Convento de la Asunción de Villalobos (Zamora), los últimos 14 como abadesa.

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Se ríe cuando recuerda que antes tenía novio. Él llegó a ir a buscarla al convento. “Yo estaba muy a gusto ante el Sagrario”, dice. Le dijo que no, que su vida estaba allí dentro. Que, si quería, podía llamar cuñados a sus hermanos.

Habla con naturalidad, con cercanía, con una mezcla de humor y firmeza. Hay ternura en la forma en la que recuerda. También una fuerza tranquila. Y debajo, cuando le preguntamos cuánto tiempo le queda en el convento, aparece algo más difícil de sostener.

El cierre no llega por una decisión concreta, sino por algo que se ha ido acumulando con el tiempo: la falta de relevo generacional. Las últimas hermanas son ya muy mayores. Durante años no han entrado nuevas vocaciones. “Los tiempos han cambiado”, dice sor Celeste. Lo dice sin juicio, como una constatación.

Sor Manuela, su hermana, murió en 2024. Hoy son cinco. La comunidad será trasladada al Monasterio de Santa Clara, en Zamora. Con su salida no desaparece solo una comunidad religiosa. Es, de alguna manera, la clausura de la clausura: el cierre definitivo de una forma de vida que llevaba siglos sostenida en el mismo lugar.​

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El Convento de la Asunción de Villalobos se funda en 1348. Desde entonces, no había cerrado nunca. Dentro de la iglesia permanecen los sepulcros de sus fundadores, Inés de la Cerda y Fernando Rodríguez Osorio, señor de Villalobos. La historia se mantiene en la piedra.

El convento no es solo un edificio antiguo. Es una continuidad. Más de seis siglos de vida sostenida dentro de los mismos muros. También es patrimonio. Un espacio que ha sido cuidado desde dentro, con esfuerzo, durante generaciones.

Sor Celeste recuerda que al principio no fue fácil. La adaptación fue dura. La formación llegó de la mano de los frailes franciscanos, que llevaban una vida exigente y estricta. Los primeros años fueron difíciles. Había escasez. Hubo momentos en los que apenas tenían que comer y se alimentaban de pan.

Siempre han sido una comunidad pobre. “Estamos en medio de la nada”, dice. Durante años, cosieron y confeccionaron lencería para una empresa de León, Teleno. Ese trabajo les permitió sostenerse, darse de alta y mejorar el mantenimiento del convento. Cuando esa actividad desapareció, todo se hizo más complicado.

Sor Celeste recorre el convento con nosotros. Lo enseña con detalle, con cuidado, con orgullo. Muchas de las restauraciones que se ven fueron posibles durante su etapa como abadesa. Ahora lo enseña sabiendo que se va.​

El proceso de cierre no tiene un momento único. Es progresivo. El día que llegamos, una de las hermanas ya estaba siendo trasladada. Las demás irán saliendo poco a poco hacia Zamora.

Villalobos mantiene dos iglesias, pero en los últimos años muchas personas del pueblo acudían a esta, al convento, porque el acceso les resultaba más fácil. Durante nuestra estancia, se celebran allí las últimas misas. Apenas acuden seis personas.

​El convento no era solo un espacio cerrado. Su presencia formaba parte de la vida del pueblo, aunque muchas veces desde la distancia. El párroco insiste en la importancia de documentarlo todo. Porque no se sabe qué va a ocurrir con el edificio ni con lo que contiene.

Dentro del convento queda acumulada la vida de siglos: objetos, espacios, documentos, memoria. Nada está claro. No se sabe qué se va a hacer con el convento ni con lo que hay dentro.

 

En el panteón descansan las hermanas que han vivido allí antes. Algunos nombres están desgastados. Otros números han caído.

 

Sor Celeste mira ese lugar y dice que le gustaría poder estar allí, junto a ellas.

Siente pena. También cierta resignación. Y algo más cuando habla del futuro del convento.

Después se recompone.

Y sigue.

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